La Manzanita se queda huérfana

Con este título no pretendo contar una de esas historias o cuentos de final místico y repletas de metáforas valiéndome de un vocabulario que haría las delicias de los escritores latinoamericanos exponentes del realismo mágico.  El destino, por una fatal casualidad, me da la opción de hablar de una vida que demuestra, una vez más, que la realidad supera con creces a la ficción.

Nunca me ha gustado ser oportunista, de hecho siempre he odiado a ese tipo de gente en cualquier campo profesional. Quizás debido a esta animadversión, nunca me han simpatizado las hienas, los goleadores de área como Raúl o  los que se dedican a ligar con borrachas. Lamentablemente voy a empezar a formar parte de ese valioso grupo. Estimados lectores, colaboradores, fans y detractores, en suma, todos y cada uno de los miembros de Spainerds. Hoy todos somos un poco más nerds. Le debemos mucho a Steve Jobs, no sólo porque sus genuinos y variados productos sean un pelín caros, sino porque revolucionó la comunicación e hizo de nuestras vidas un sitio mejor.

Steve Paul Jobs o simplemente Steve Jobs, empresario (como le gustaba que le denominasen, no icono, ni gurú, ni sandeces por el estilo), nació en San Francisco, al norte del Estado de California en 1955.  La ciudad del  Golden Gate, una urbe de tediosa bruma y contra todo pronóstico, muy fría y bastante gris. Esta  localidad fue el nidito de amor de dos estudiantes. Un joven de origen sirio y una mujercita americana de ancestros alemanes, que no tomaron las precauciones suficientes durante su segundo curso universitario y tuvieron como resultado un chiquillo. Aquel niño fue de inmediato dado en adopción. No sería su primer claroscuro vital. Los primerizos padres hicieron castings con diversas familias a fin de dar con la más adecuada para criar a su pequeño. Al final, y tras mucho deliberar, lo dejaron en manos de unos inmigrantes de origen armenio, cuyo apellido habían modificado para americanizarlo y que respondían al nombre de Jobs. Con ellos llegaron a un importante acuerdo: dicho retoño acudiría a la universidad. Quedaba prometido y ese último deseo de los progenitores, se vería cumplido, aunque ya lo aviso, tan solo a medias.

Los Jobs vivían en Cupertino, un pueblecito de la región de Santa Clara, colindante al área de SF. Allí asitía al instituto y comenzaba a desarrollar una tremeda pasión por la informática. Este gusto se veía acentuado por las visitas periódicas que venían realizando a su escuela diferentes ingenieros de Hewlett Packard, con los que entablaba grandes conversaciones y a los que atosigaba con preguntas en cada una de las conferencias que tenían lugar en su High School. Ese cerebrito contaba con 13 años de edad. De esta forma y no de otra, llamó la atención de la compañía y entró a trabajar en prácticas durante varios veranos. En la sede de la compañía HP en Palo Alto, en otro tiempo villa famosa por albergar a un grupo de psicólogos expertos en teorías de la comunicación, daría los primeros pasos y conocería a otro empleado a tiempo parcial. El tipo en cuestión era Steve Wozniak, Woz, a la sazón cofundador de Apple Inc. Wozniak, cinco años mayor y hacker, será fundamental en su biografía.

En 1972, a los 17 años, Jobs termina el instituto y se marcha a la Universidad. Se matricula en Reed College, (Portland, Oregón). El sueño de sus padres biológicos se cumplía. Su formación estaba camino de completarse. Pero nunca se graduó. Tras un semestre en la mencionada facultad, decidió que no continuaría con sus estudios superiores. La falta de interés, el elevado coste económico a sufragar por sus padrastros y sus propias y diversas motivaciones, propiciaron un hecho insólito, propio de la mejor de las comedias universitarias americanas, pero con más tintes dramáticos.  Jobs vive durante tres años en el campus, sin estar matriculado, durmiendo en el suelo de las habitaciones de varios compañeros, robando comida, recolectando latas de Coca-Cola a cambio de dinero y recibiendo asistencia por parte de un templo budista. Aún así, acudió de oyente a las asignaturas que más le atraían intelectualmente. Bendita decisión. A sus incursiones en clases de caligrafía le debemos todo el sistema de fuentes de nuestros ordenadores.

Durante los próximos cuatro años, su vida sería un vendaval. Retorna a California, donde se junta de nuevo con Wozniak y funda un club para amantes de la informática en Silicon Valley. Además comienza a trabajar en la compañía de videojuegos Atari y junto con un viejo amigo de sus días en la universidad viaja a la India, donde abraza el Buddhismo y tiene experiencias con el LSD (vaya, incluso los genios se divierten). Cuando vuelve de su periplo iniciático retoma su labor en Atari. El nacimiento de Apple estaba cerca.

Con Woz y unos cuantos socios más, funda Apple Inc. Esta empresa revolucionará el sector de la informática a finales de la década de los 70 mediante el desarrollo del ordenador personal. Tal invención tuvo lugar en el garage de la casa familar de Jobs, con los dos colegas codo a codo.

Diversos modelos fueron perfeccionando el estilo de Apple, algunos con notable éxito, otros pasando desapercibidos o siendo un fracaso (Lisa,1982).

A mediados de los 80 comienza a desarrollar el MAC, artículo clave para el despegue de la factoría y auténtico icono durante décadas. Aún así, el producto estrella, en un primer momento, no fue un bombazo. Su elevado precio y las limitaciones de su software restaron posibiliades al ordenador. Las decisiones de Jobs al frente de la compañía comenzaron a estar en entredicho. Tenía una gran imaginación para el marketing, sirva de ejemplo la expectación creada por al anuncio dirigido por Ridley Scott para la manzanita que fue estrenado en el intermedio del evento americano por antonomasia, la Super Bowl. Pero su intransigencia a vender el sistema operativo como estaba haciendo Microsoft, lo que supondría una notable expansión, y por tanto la pérdida de la idiosincrasia de la exclusividad, tan característica de Apple, le restaban cuota de mercado.

Las diferencias con su consejo de dirección desembocan en su salida del proyecto que él mismo creó. Dejó de formar parte de su propia vida. En 1985, Jobs era agua pasada, un multimillonario treintañero que sólo poseía una insignificante acción de la companía que levantó. Pero no se iba a estar quieto, no era su estilo. Se pusó manos a la obra y fundó Next Computer. Además compró la parte destinada al diseño gráfico de Lucasfilms Ltd., productora de George Lucas, director entre otras del film La Guerra de las Galaxias, aunque sería mejor dar mayor importancia a American Grafitti. Esa sección, la rebautizó como Pixar. En los años posteriores, Pixar comenzaría a realizar películas de animación para Disney. La primera de una larga lista fue Toy Story (1995). Se convierte en el máximo accionista individual de Disney. Jobs no daba paso en falso. Valiente y decidido, superaba los traspiés a golpe de ideas y carácter.

A finales de del Siglo XX vuelve a Apple con la misión de reflotarla. Y sin duda que lo consiguió, vaya si lo hizo. El resto de la narración, ya la conocemos. Rodeándose de la gente adecuada, por la que se dejó asesorar, posiblemente su mejor virtud, fueron apareciendo en nuestras vidas Itunes, Ipods, Ipads, Iphones, nuevos modelos de Mac

Pero una vida tan increible, también posee pasajes anecdóticos cargados de misterio y que nos dan pistas sobre el perfil de un señor con más de 330 patentes como inventor o coinventor que lo sitúan al nivel del mismísimo Edison. Una hija, Lisa, que dió nombre a uno de sus ordenadores, de la que negó ser padre en un primer momento alegando estirilidad y a la que tras años de litigios, reconoció. Sus polémicas y públicas diferencias con  Michael Dell o Bill Gates. Su carácter autoritario del que dicen algunos que podría haber sido el mejor rey francés. Su elevado secretismo. Su negación a la colaboración filantrópica. Extrañezas  de un genio, este sí, un auténtico ser superior.

 

Este artículo en homenaje a Steve Jobs se escribió con un Mac.

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