Ernest Riveras, enemigo público número 1

Este fin de semana, tras muchísimos años en la parrilla de Televisión Española, fue el último en el que poder disfrutar del Campeonato Mundial de Motociclismo en el canal estatal. La próxima temporada, la misma en que la categoría de 125 centímetros cúbicos pasará a denominarse Moto 3, se unirá a la lista de contenidos de la cadena sensacionalista por antonomasia: Tele 5. Esta no será una mala solución para alguno de sus comentaristas. Explicaré el porqué.

La muerte de Marco Simoncelli aún duele entre los amantes del deporte en general y del motociclismo en particular. Se le rindió un sentido homenaje en la última prueba del Mundial acontecida en Cheste. A petición de su padre, se produjo un minuto de ruido, con vuelta conmemorativa al trazado valenciano. Su blanca motocicleta con el dorsal 58  fue pilotada por el mítico Kevin Schwantz, que era su ídolo. Hasta aquí, todo normal. Mi mente recuerda los instantes de aquel fatídico domingo de hace un par de semanas, cuando el enemigo público número 1, pasó a ser el mártir público número 1. La narración de Ernest Riveras, me estremece.

Ernest Riveras comenzó a relatar el motociclismo en La Primera hace unas cuantas temporadas. Se hizo cargo de un interminable programa que imitó el estilo de retransmisión que hace La Sexta con el sobrevalorado producto que es la Fórmula 1. Un estilo basado en horas y horas de charla-coñazo. Las mismas horas, o más, que dedicaba José Luis Garci a esas tertulias de trasfondo fílmico en las que los ceniceros quedaban saturados de colillas de los contertulios mientras que el editor del programa hacía malabarismos para poder encajar todo lo que resultaba interesante sin romper el timing. Fuera de cachondeo, el programón motero (por la duración) de TVE 1 era un soberano tostón. Mucha de la culpa la ostenta su director, el anteriormente mencionado Señor Riveras.

Ernest Riveras comentaba un sin par deportes entretenidos y mayoritarios en la televisión de todos. Tras el despido, prejubilación, cese, cabronada o como lo queramos llamar que hicieron al bueno de Valentín Requena y tras un fugaz paso de otro locutor, le tocó el turno a Riveras. Éste sigue empeñado en que describe deportes sosos y aburridos necesitados de interjeccones y alaraidos para otorgarles de un mínimo de interés y facilitar sus seguimiento. Resulta que las carreras de motos, con sus múltiples adelantamientos y frenadas, caídas y piques, amén de una excelente realización con montones de cámaras situadas por todos los rincones del circuito que nos dan la oportunidad de no perdernos detalle, no necesitan forofos. Pero el tal Riveras ni se había dado cuenta y relataba cada vuelta a un circuito como si fuera la última, el primer giro de una insignificante cita mundialista como si fuera la carrera que definía el título mundial, una limpia caída como un accidente mortal. Usté no trabaja en la radio, los telespectadores lo pueden ver todo, modérese. Parece Manolo Lama pintando partidos. Pintando porque cuando uno le escucha por la radio espera que al sentarse a degustar los resúmenes televisivos poder deleitarse con esas maravillosas jugadas. Y una leche, todo propaganda, no pasa ni algo parecido a la mitad de lo que narra. Lo mismo ocurre con Riveras.

El culmen de su mal hacer llegó con la tragedia ocurrida dos semanas atrás. Sus gritos todavía resuenan en mi cabeza, estoy seguro que también en la de mucha gente más. Sus aceleradas palabras, su tono populachero y efectista, pero sobre todo sus bramidos ante lo que tenía oportunidad de narrar me mosquean irremediablemente.

No tengo ni puta idea de donde proseguirá su trayectoria profesional, pero en el amarillismo y sensacionalismo de Teleteta hay un hueco para darle curro casi seguro. Bien en La Noria o bien ejerciendo de copresentador con Jorge Javier Vázquez. Ya imagino al indescriptible Ángel Nieto compartiendo asiento con Mila Ximénez para hablar de los entresijos de las fiestas del mundial de motos. No hay mal que por bien no venga.

Hasta siempre Ernest, que estuvieras enamorado de Jorge Lorenzo era lo de menos, procura no producir más vergüenza ajena.

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