El último rey sin corona

David Foster Wallace era el máximo exponente de las nuevas técnicas narrativas a finales del siglo XX y principios del XXI. El autor estadounidense (Ithaca, Nueva York, 1962) personificaba mejor que nadie los nuevos derroteros que estaba tomando la literatura postmodernista. Siempre se caracterizó por su ironía y por la fiereza de sus opiniones, en contra de los convencionalismos, de los usos sociales y de los convencimientos que le impidieron someterse al control, a la dedicación y a las rutinas típicas de la vida diaria de cualquier persona corriente.

La broma infinita fue el libro que lo situó en la cima de las letras en lengua inglesa. Un imponente tomo de 1200 folios que redactó mientras ejercía de profesor adjunto en la Universidad de Illinois y que publicó en el año 96. Al poco tiempo, la archiconocida revista Time lo incluye entre los 100 libros imprescindibles en Inglés.

Desde muy joven dejó gotas de la genialidad y originalidad de su estilo. En él sobresalían las influencias de otros autores, sus ídolos, como Thomas Pynchon o John Irving. Sus obsesiones a la hora de sentarse frente a ese eterno enemigo que es la hoja o la pantalla en blanco, no eran pocas: minuciosidad extrema, la experiencia en el complejo tenis amateur, pasando por el mundillo académico universitario o el seguimiento de una campaña electoral. Siempre procuraba formarse hasta la extenuación para dominar el tópico para llegar A la perfección sintáctica, así como a plasmar las diferentes voces y los distintos narradores.

Como patentó en La broma infinita, los recursos estilísticos de Foster Wallace eran realmente transgresores. La abundancia de observaciones a pie de página, que abarcaban incluso capítulos, es un procedimiento disruptivo con el que romper la linealidad del relato. Creó un vocabulario nuevo a partir de siglas y acrónimos. Construyó larguísimas oraciones subordinadas en las que se alternar distintos registros lingüísticos, además de enmarañarlas deliberadamente para, de ese modo, enredar el mensaje con inusual densidad y pulcritud. Sus propósitos por conseguir el tratado total añadían un plus de presión a una psique ya de por sí delicada.

Todavía adolescente, David Foster Wallace fue tratado con distinta farmacopea para combatir la depresión. En palabras de su progenitor: ‘le permitió aplicarse en lo que más le gustaba, la Literatura y disfrutar de una vida medianamente normalizada’. Cuando escribía, su pretensión era ayudar a sus lectores para alejar el peor de los estigmas del ser humano, la soledad. Un vacío interior, doloroso para la mayoría de nosotros, pero todavía más para él mismo.

Como buen escritor, no se prodigaba en apariciones en público, como tampoco solía publicar volúmenes de ficción asiduamente, y fue colaborador habitual de magazines de desigual calado, de Playboy a Rolling Stone, la revista de la Federación Americana de Tenis o multitud de periódicos norteamericanos de gran tirada. Sus textos de no ficción critican con crudeza a la sociedad y señalan las claves para la América (USA) moderna. Sus compilaciones de artículos copan volúmenes dedicados al ensayo o breves historias, en los que sus inquietudes sobre el existencialismo y la gran acidez de sus comunicados  logran dibujar una enigmática cara de póker en el lector.

Su título póstumo ha visto la luz seis meses atrás en su país natal y esta misma semana en España. El rey pálido ahonda en la aburrida vida de un delegado de hacienda en medio de Illinois (él intentó, en vano, bregar en ese campo laboral). La escudriñada descripción de los personajes, al igual que todas las característica de su método, se vislumbran en esta inacabada novela. El mayor inconveniente radica en que tanto su mujer como su editor han juntado diferentes esbozos, dossiers y manuscritos, entre los numerosos papeles encontrados en su taller-despacho, para así poder presentar a sus aficionados la postrera idea de este peculiar monarca.

Su infinita imaginación, en eterna lucha por la perfección filológica, con una narración congestionada de historias que dan vida a otras y éstas a su vez al hilo fundamental (metanarrativa), abrazan los temas fundamentales de nuestra era: la geopolítica, la crisis financiera, el cambio climático, las relaciones personales.

En 2008 y tras años de esfuerzos, cuando más cerca estaba de culminar una obra colosal, desistió ahorcándose en su casa de California.

Larga vida al rey.

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