Deidad diabólica

Una crítica no es simplemente una valoración con estrellas, notas, puntuaciones o cualquier sistema de medida que queramos inventar. Tampoco es un párrafo con el que expresar vagamente si un acontecimiento, concierto, libro, película me gusta o no. Es un  texto en el que comentar y desmenuzar los aspectos interesantes,  atrayentes de un certamen, evento o sesión, así como sus defectos. Tomando como libro de estilo a la revista musical Rockdelux me vería en la tesitura de enmarañar el lenguaje hasta no decir nada. La mayoría de las críticas de dicha publicación se basan en un tipología  textual caracterizada (aún a pesar de ser redactados por diferentes autores) por el batiburrillo (desorden clamoroso) y el uso de una serie de vocablos que impregnan sus líneas de una grandilocuencia en la que parece que se cuenta mucho pero que no se descubre nada. Términos frecuentes: escatología, panorámica, rimbombante, eclesial. No son las formas las que vacían el contenido, son los alardes con sus pretensiones los que distraen de la verdadera acción, reflexionar y debatir.

Un dios salvaje es la última aportación al cine por parte del controvertido director franco-polaco Roman Polanski. Controvertido es la mejor palabra para definirle, Polanski lo es tanto en su vida personal como en su vida profesional. Nacido en París en 1933, su familia se mueve a Cracovia (Polonia) huyendo de los Nazis, mala idea ya que sus progenitores fueron recluidos en campos de exterminio, falleciendo su madre. Desde joven se sintió interesado por el cine y la fotografía, estudiando en la Escuela de Cine de Lodz. Al poco tiempo decidió probar suerte realizando cortometrajes. Sus primeras películas europeas son rotundos éxitos, El Cuchillo en el agua optó al Óscar en 1963, Repulsión se hizo con el Oso de Plata en la Berlinale dos años más tarde. Empieza entonces a contar con los favores de público y crítica. Y sus reconocimientos le llevan a su primera aventura americana y a su particular pesadilla.

Ya en los EEUU, en 1967 rueda El baile de los vampiros, film que lo consagra en las salas americanas por su reformulación satírica de los clásicos del género vampírico y en el que conoce a su futura esposa, la actriz Sharon Tate. Con todos rendidos a sus pies y con Mia Farrow de protagonista, efectuará el golpe definitivo para encumbrar su meteórica carrera: La semilla del diablo (1968), largometraje en el que se adentra en el mundo de las sectas satánicas y cuyos ritos para iniciados (y no tanto) desmenuza y por lo que los grupúsculos juran venganza. Estos le habían tendido su diabólica mano para ayudarle y asesorarle durante la filmación, pero a cambio de que no desvelara determinados secretos. No le importa. La cinta le encumbra a los altares (premios, notoriedad, trascendencia) y con 35 años, como el describiría, se encuentra ‘en la cresta de la ola’. La vida le sonríe.

1969 inauguraría un periodo cargado de desgracias. En el mes de Abril pierde a su mejor amigo y compositor de bandas sonoras Krzystof Komeda en un accidente de tráfico. La madrugada del 9 de Agosto, su mujer, la actriz Sharon Tate es asesinada por los fanáticos seguidores del no menos loco Charles Manson en una orgía de sangre. Tate, embarazada de ocho meses, fue torturada en compañía de cuatro amigos suyos en su mansión de Cielo Drive, (Los Ángeles).

La década de los 70 le transporta de nuevo a Europa, pero Estados Unidos de América le devuelve a la primera plana. Chinatown (1974), con Jack Nicholson, le catapulta otra vez a la carrera por embolsar tanto la consideración como las nominaciones. Pero la caída será devastadora. Durante una fiesta en la casa que el mencionado actor compartía con su pareja de entonces, Angélica Houston, Polanski abusa de una niña de trece años, con la que consume diversas sustancias y a la que debía fotografiar. Ella manifestó a las autoridades que estaba de acuerdo en practicar sexo, pero no lo estaba con la sodomía. Tras tres meses de reclusión en una penitenciaria y de haber sido puesto en libertad bajo fianza a causa de un acuerdo judicial con el fiscal, vuela a su Francia natal donde continúa prófugo de la justicia. Desde ese 1977, divide sus estancias alternamente entre Francia y Polonia, así como otros países que no cuentan con tratados de extradición al territorio americano. Su gusto por las jovencitas viene de lejos. La actriz Natasha Kinski, aun quinceañera, materializó un trío cuando él que ya gastaba 43 tacos.

Tras su forzado exilio europeo, los años 80 serán los del reposo del guerrero. Algún film, su autobiografía y la consumación de su tercer matrimonio, esta vez con la francesa Emmanuelle Seigner, de tan sólo 22 años, que le cautivó durante la grabación de Frenético (1989). Los años posteriores continúa trabajando y registra algún desastre en su filmografía. El nuevo milenio le depara la vuelta a la cima (no sé cuantas veces la ha tocado ya…) con El Pianista. No pudo recoger el Óscar de la Academia por sus conflictos pendientes con la justicia estadounidense, a pesar de que la víctima le ha perdonado y cobró una millonaria indemnización.

Su retorno a la gran pantalla ocurre a través de la adaptación de una pieza teatral de la escritora francesa Yasmina Reza (1959), dramaturga con la que últimamente ha colaborado de manera más que habitual. Un dios salvaje es la apuesta personal del franco-polaco en una simbiosis teatral-fílmica. Respetando la obra original, Reza y Polanski firman un guión que incide en las pequeñas miserias de la gente corriente. El origen argumental tiene como telón de fondo la típica pelea entre críos de una misma pandilla. Los padres de ambos muchachos conciertan una reunión a fin de limar asperezas. Por un lado, una pareja de clase media (interpretada por Jodie Foster y John C. Reilly), una neurótica madre defensora a ultranza de los valores comunitarios y preocupadísima por las inmundicias del continente africano y un marido, menos atribulado por tales cuestiones, que trabaja como ferretero y se muestra bastante satisfecho con su forma de vida. Por el otro, un matrimonio de clase alta (personajes a cargo de Kate Winslet y Christoph Waltz), en el que ella trabaja en Wall Street y él es un cínico abogado representante de grandes corporaciones. Valiéndose durante casi toda la cinta de una sola dependencia en la que transcurre el drama, lo que en un principio era una charla amistosa para descubrir qué es lo que produjo que uno de los chavales rompiera los dientes del otro, permuta entre varios frentes y contrincantes  según el momento. Los temas cada vez más tensos y hacen que a cada instante nos identifiquemos con la idiosincrasia o pensamientos de cada uno de los papeles. Reproches, machismo, alcohol, amor, aburrimiento, pasión, celos, nervios. Las claves maestras de la existencia diaria se entremezclan en unas conversaciones en el que el volumen del tono y lo peliagudo de los temas van en aumento.

El director ratifica la propuesta con primeros planos y juega con las refracciones y los personajes en segundo orden para no aburrir al espectador que se ve expuesto a una guerra dialéctica en la que Polanski se recrea apabullándonos con un trajín de emociones: incomodidad, tirantez, violencia, pena, asco, pero sobre todo de esa angustia existencial que los personajes nos contagian. Humor negro e ironía suavizan un mensaje que ya de por sí nos invita a tomarnos la vida con más tranquilidad.

Una gran película que lleva el sello de un monstruo, con todos y cada uno de  las matices que implica serlo.

2 comentarios en “Deidad diabólica

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