Cocaíne*

J.G. Ballard era un escritor de origen británico que se prodigó en ese género literario tan farragoso como es el de la ciencia ficción, categoría especulativa basada en una mezcla de las ciencias físicas, las naturales y las sociales. El autor pertenece a la Tercera Edad de Oro de los fomentadores de tal género. La Primera es la época de los Huxley o Asimov. La Segunda Etapa es aquella que introduce a Wells, con su maravillosa obra titulada 1984, o Bradbury. La Tercera, conocida como Nueva Ola, es la dinastía de  Ballard o Burroughs, más preocupados por el fuero interno, los paradigmas sociales o el comportamiento humano, y que se alejaban bastante de los mundos fantásticos y hombrecillos verdes que dieron empaque, fama, gloria o simplemente contratos editoriales a muchos de sus buenos predecesores.

El mencionado Ballard, aún habiendo venido al mundo en 1930 en China, experiencia con la que no tuvo suficiente, pasó en compañía de sus seres queridos una temporadita en esos fríos y alarmantes barracones en los que los japoneses concentraron a sus enemigos durante la Segunda Guerra Mundial. Situaciones límite que le aproximaron a interesarse por las distopías (utopías perversas), que usaría como recurrente tópico en su novelas. Su libro cumbre, El Imperio del sol (1984), posteriormente llevado a la gran pantalla por Steven Spielberg durante los estertores de los años 80 y que nos mostró a un Christian Bale todavía niño, es un fragmento autobiográfico de las vivencias sufridas durante el horror en los bungalows japoneses. Otro volumen de gran interés es Crash (1973), que suscitó una gran controversia por su obscenidad y que, puesto en escena por David Cronenberg (también en la Década Prodigiosa), no pudo ser visionado en las salas inglesas. Y es que, lamentablemente, prohibir no es una utopía.

Autor prolífico, también alejado de la ciencia ficción cultivó los libros de relatos, comentarios sobre viajes o la novela negra. En éstas últimas jugueteaba con lo que mejor sabía, las ya comentadas distopías, describiendo un mundo falso, asqueroso, violento, totalitario e indeseable. Una de sus composiciones, Noches de Cocaína (1996),  sitúa el escenario principal de la trama en España. El narrador se sumerge en las crecientes problemática delictivas en diferentes villas de la Costa del Sol. Sin quererlo, Ballard nos describe fiel y fácilmente una Andalucía clara exponente del Premalayismo* durante los años en los que Gil-GIL*, ingenioso gordito mafioso que identificó las siglas de su partido político con las de su apellido, además de ser el presidente del club de mis amores, el Atlético de Madrid, club que ahora es controlado bajo el yugo opresor de su familia, gobernó Marbella y pueblecitos aledaños.

Noches de Cocaína, noches farloperas al abrigo de la suave climatología y las prósperas actividades de clubes de ocio en localidades anteriormente mortecinas, aburridas hasta la extenuación en las que las familias de extranjeros jubilados y adinerados y de mediana edad ven la vida pasar delante de sus televisores sin la menor intención de implicarse y participar. Pero las dudosas artes de un joven ex-tenista profesional para reactivar esas poblaciones resultan milagrosas. Resucita al pueblo del tedio, vale todo (una explosión, robos a chalets, fomento de la prostitución, venta de drogas, alguna muerte espectacular, películas pornográficas) para inocular ganas de disfrutar en los pasivos ciudadanos. Muertos en vida, zombies de la ociosidad reanimados del asueto por el miedo a morir. En medio del bucle, un director de hotel se hace responsable de la muerte de una prestigiosa familia que ardió en su domicilio durante la celebración de una fiesta en homenaje al cumpleaños de La Reina (a  día de hoy sería un cariñoso festín a la labor del Mandanga del Urdanga*). Su hermano, Frank Prentice, pronto viaja desde el Reino Unido para esclarecer los sucesos que se le imputan. Al instante quedará cautivado por el séquito del ex-jugador de tenis. La línea entre el bien y el mal es muy fina. La línea entre el pasado y el futuro lo es aún más. Y cruzar la raya e involucrarse es igual de apetitoso. Tanto como un tiro de cocaína. ¿Quién está más alienado, todos lo que viven a tope o los que se tumban a esperar el final?, ¿quien anticipa o disimula el ocaso de su vida?

¿Nos encontramos bajo la dictadura del recreo, pero de que tipo de recreo? La respuesta está en cada uno.

* (1) El título en inglés, Cocaíne, responde a puro fetichismo, dándome la oportunidad de citar la gloriosa canción del músico americano Jackson Browne, en la que explica sus acciones y relaciones bajo los efectos de la coca. Nada que ver con la sobrevalorada versión de Clapton sobre un tema de Cale.

*(2) Premalayismo: Época fechada en los años 90 e inmediatamente anterior a que la corrupción urbanística exprimiera las costas españolas mediterráneas a ritmos de construcción irrepetibles y con beneficios y estafas incomparables. Malaya es el nombre de la operación policial en la que se investigó la evasión de impuestos en Marbella. El caso sigue abierto.

*(3) Gil: Don Jesús, gánster y gerifalte de origen segoviano, que murió hace unos años, pero que seguramente se encuentre en compañía de otros famosos en una isla disfrutando de los millones logrados a partir de prácticas licenciosas.

*(4) El Mandanga del Urdanga: atractivo pánfilo ex-profesional del Balonmano (fue jugador del F.C Barcelona y de la Selección de España en un deporte de masas -me refiero al tamaño de los jugadores, no a la cantidad de seguidores-), amén de yerno de los Reyes de España, que además de quedarse con un montón de dinero de diversas comunidades autónomas por estudios de mercado que jamás hizo, también se casó con la Infanta que estaba follable (Cristina). Un listo-tonto o un tonto-listo, según se mire, y que en un 90% de las ocasiones son la gente menos de fiar.

Un comentario en “Cocaíne*

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