La frivolidad de la muerte

¿Seguiremos siendo capaces de justificar el asesinato?

Elegí un mal día para volver a escribir mis crónicas sobre el Atleti. Y lo hago tarde y con desafección. Pensándome mucho en si publicar o  no. Porque no quiero caer en el tópico, pecar de arrogante u ofender. Y todo eso porque unos tipos decidieron pegarse hasta la muerte unas horas antes del domingo a las doce del mediodía.

Tras casi una semana desayunando, comiendo y cenando con el tema, lo único que sé es que el hecho en sí, la muerte de un delincuente a manos de otros delincuentes, me importa una mierda. Sólo puedo decir que me horroriza la frivolidad con la que nuestra sociedad tratamos la violencia. Porque la violencia es la muerte y la muerte es el fin. Y después de la muerte no hay nada. ¿Es tan difícil de entender?

La frivolidad de los medios de comunicación al tratar los hechos y sus consecuencias es asquerosa. La actitud de los estamentos (co-responsables por financiar sus abonos, sus viajes, su parafernalia nazi, o mirar hacia otro lado), entre circunloquios de razón y burocracia, denigra al interlocutor, nosotros, la sociedad civil a la que creen estúpida, analfabeta. La respuesta social es lamentable, justificando, no-justificando, que si es esto o lo otro, pero el otro lo es más.

No es nada. Es la muerte.

El hecho, por tanto, no es aislado, ocurre todos los días. Y ocurre en todos los ámbitos, no sólo en el fútbol. Y aunque tratemos de esquivar nuestra responsabilidad con argucias intelectuales, lo cierto es que consentimos. Consentimos cuando a nuestro lado insultan a otro tipo, menosprecian a un compañero o le decimos a nuestro hijo que tiene que ser el mejor, el que más folla y el que más tiene, y que todo o todos los demás le tienen que dar igual. No hay que mirar afuera, hay que mirarse hacia adentro. Hacia nuestra cultura. Hacia las normas que nos hemos dado para convivir en el siglo XXI. Mirar hacia nuestra cultura del alcohol. Hacia nuestra cultura de la educación. Reflexionar sobre nuestra cultura de la libertad o lo impune (que es lo que entendemos por aquí). Porque uno no es libre cuando hace todo lo que le da la gana, sino cuando sabe controlar sus impulsos para hacerse bien a sí mismo o para respetar y entender o empatizar con el de al lado. ¿Hay que echar a esta gente del fútbol o apartarlos de la sociedad? No lo creo. Esa es una solución fácil y caduca. Hay que rehabilitar a la sociedad.

Y ahora con el miedo. Con la lacra de ser del Atleti y tener que ocultarlo, no sólo por vergüenza, sino porque unos enfermos mentales han decidido mezclar su mierda con la mía.

¿En qué grado soy yo también responsable de su mierda?

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