Sentarse a escribir

Resultan curiosos los acontecimientos que desencadenan el deseo y la fuerza necesaria para sentarse a escribir. Durante la adolescencia, basta con un par de sinsabores en el juego de los amores juveniles para desatar la efervescencia literaria. Casi siempre, la poesía ejerce de género habitual con el que desintoxicarse, emocionalmente hablando. Esas composiciones poéticas están muy influenciadas por la música popular y cumplen su función ayudando a superar el mal trago; también ayudan a soñar con ser ‘el representante’ del dolor del desamor.

Los motivos que empujan a alguien a escribir son muy variados, Un leivmotiv básico es el anhelo de trascendencia ¿quién no sueña con ser inmortal, aunque sea por medio de novelas, poemillas, haikus o aforismos? Solamente hay una certeza desde el momento en que nace cualquier ser humano y es que, tarde o temprano, ése ser vivo va a morir. Otro motivo fundamental es tener la capacidad de lograr el tiempo necesario para poder plasmar tus ideas en el papel. El acto de escribir va íntimamente cogido de la mano del factor tiempo. El desperdicio del tiempo vital, que nos acerca a la muerte; frente al tiempo libre de ocio ocioso, aquel que faculta la reflexión y al pensamiento creativo. Una ociosidad semejante a la de un niño aburrido y cansado de todos sus juegos y que entonces, y solo entonces, discurre algo con lo que entretenerse.

El acto lúdico de crear.  Y es que los adultos nos aburrimos de vivir y gustamos de escuchar, recopilar, distraernos o empatizar con los otros y sus historias que aciertan a presentarnos en diversas formas, desde la tradición oral, pasando por las corrientes artísticas, medios de comunicación o redes sociales. Crecemos como personas en la medida que abrimos nuestra mente a la percepción o ideación de mundos paralelos o, sencillamente, criticando con una salvaje ironía cargada de beligerante provocación y graciosa indignación, algo en un punto intermedio entre Bill Murray o Raúl Cimas, el actual sistema. Este sistema que yo atiendo a proclamar: ‘El Sistema de la Gran Mentira Occidental’.

Aun así, parece sobrecogedor como el dolor y la situaciones negativas ejercen como motor de cambio. Hace unos años el escritor estadounidense Jonathan Franzen (Las correcciones, 2001), explicaba en una entrevista a El País Semanal como el suicidio de su amigo David Foster Wallace (La broma infinita, 1996), había sido el hecho determinante para volver a escribir una novela. La Gran Novela Americana. La rabia es otro de los principios que se esconden ante el esfuerzo creativo. La necesidad de contar algo que nadie más va a contar, o al menos, no de la misma manera que tú lo harías. Ese hágalo usted mismo que supone encadenarte a una silla.

¿Por qué escribo? No lo sé, porque ni tan siquiera sé si esto se me da realmente bien. Pero hay muchas cosas todavía por contar. Mi ego ha quedado apartado a un lado, ya me da igual lo que los demás puedan pensar. Esto ocurre cuándo te has zambullido de lleno en el dolor. La angustia vital ha quedado apaciguada, en tanto que haga lo que haga siempre tendré hambre. Además, alguien se fue, y no va a volver. Porque de allí, la gente no vuelve. Y todavía no me hago a la idea. Todavía no me lo creo. Y por eso quiero quedarme aquí para siempre, basta con que uno, solo uno de vosotros, me recuerde.

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