Una dama discreta

Un par de sucesos unidos por el simple acto de pasear en compañía de alguien por el centro de Madrid bastan como mera justificación con tal de indagar en la magnitud de la profunda conversión urbana acaecida en el seno de ese territorio unitario con alma propia . La dificultad un día cualquiera para encontrar una cervecería cualquiera donde refrescar el gaznate en compañía de Estancouski o la visita por sorpresa de una vieja amiga que no da crédito al sobrenombre de la estación de metro de Sol. La pérdida de una esencia.

Iain Sinclair (Cardiff,RU; 1943), acaba de publicar su último libro en España, La ciudad de las desapariciones (2015, Alpha Decay). En él, Sinclair, afincado en Londres desde mediados de los años 60 , describe, armado tan solo con un afilado bisturí cargado de poderosas imágenes repletas de ingenio y mala leche, así como buen número de instantáneas que dan lustre a esas páginas, los profundos cambios ocurridos en la fisonomía interna de la capital británica. Glass (1964), en uno de sus múltiples ensayos sobre el urbanismo londinense, definió el concepto en su concepción actual, Gentrification.

Y es que hace ya algunas décadas que en las grandes urbes- Nueva York, Londres, Berlín y, entre otras muchas, también Madrid – comenzó a operar un fenómeno que en el ámbito anglosajón acertaron en identificar y calificar como Gentrification (“gentrificación”). No existe un vocablo castellano que ejerza de perfecto sustituto, pero la riqueza de nuestra lengua nos permite echar mano de una serie de términos que pueden ayudarnos a desentrañar la extraña tarea de definir un hecho al que muchos, incluido yo, no dudamos en tildar de peligroso.

La comunión de palabras como mercantilización, apijotamiento y globalización dan buena muestra de la transformación urbana de céntricos barrios deteriorados, a partir del continuo desplazamiento de las clases populares y obreras a zonas cada vez más alejadas como consecuencia de la revalorización de la zona. El proceso de rehabilitación culmina con la sustitución de los habitantes de clase media-baja por otros habitantes con un mayor poder adquisitivo, al menos teóricamente.

En Madrid, por ende, nada más lejos de la realidad. Quizás, a mediados de los 90, cuando en buena medida el colectivo homosexual  proporcionó y promocionó el despegue del barrio de Chueca, se pudo vivir un movimiento similar. Sin embargo, aquella vez las consecuencias fueron claramente positivas. El vecindario, bastante avejentado y acorralado por la prostitución y la droga desde mediados de la década anterior, comenzó a modernizarse mediante una elevación del nivel cultural y de los ingresos a través de una cuidada oferta que entremezclaba lo mejor de la restauración, el diseño, el ocio nocturno, la moda y la cultura.

Mientras, hoy día, sectores típicamente castizos como Malasaña, Lavapiés y, en menor medida, Legazpi (con la reciente remodelación de la M-30 y del antiguo Matadero de Madrid), sufren de la prostitución perpetrada por ese chulo del siglo XXI, la codicia. Espacios, ambientes y negocios que debieran ser imperecederos: restaurantes, tascas, tiendas o salas (cines, discotecas o teatros) míticas o bien cierran sus puertas o bien añaden a su nombre el de una multinacional; la noche de la ciudad, antes hervidero de aventuras, sensaciones y emociones bajo el manto protector de una población como Madrid, amante cómplice y discreta, se ha convertido en una oferta de ocio masificada, donde abundan las franquicias pertenecientes a las grandes cadenas y en la que el plan imperante es el de lo cutre o de baratillo (denominado por buena parte de mis contemporáneos Low Cost, cómo si el uso de anglicismo adecentara lo chusco y disminuyera lo mamarracho). Lo cierto es que nadie puede costearse otra opción.

La pura verdad es que tan sólo se produce una cierta revalorización; ya que los territorios no son ocupados por capas de población con un mayor poder adquisitivo. Las medidas y políticas de austeridad y los cambios en los alquileres de renta antigua componen un todo en el que confluye una corriente creciente de encarecimiento del costo de vida. No obstante, Madrid es una ciudad más pobre en todos los aspectos: cultura, ocio, limpieza, transporte…

Los mandos intermedios de las empresas, aquellos que crecieron soñando con ser el nuevo Patrick Bateman de American Psycho (Bret Easton Ellis, 1991), son ahora mileuristas con afecciones y aficiones posmodernas, otrora embadurnados del barniz pseudointelectual de lo hispter, que han ido estableciéndose en los distritos castizos con la connivencia de los intermediarios, a saber: administración y poderes públicos, agentes inmobiliarios y fuerzas del capital privado. Pero su poder adquisitivo no varía ni mejora con respecto de la capacidad de gasto del conciudadano obligado a migrar.

Sirva como ejemplo que es más fácil tomar un cupcake (magdalena en castellano), o un combinado ginsalada (antes conocido como gin-tonic), que beberse una caña bien tirada rodeado de paisanos del foro, quienes han sido expulsados de sus vetustos y clásicos bares, tugurios sonrojantes para los defensores de la barba conjugada con la camisa de  cuadros.

Todo ello ha fomentado la desaparición del comercio tradicional y el olvido de la memoria histórica de la ciudad frente a las modas y el poder efímero de lo más efímero, el dinero. Maldito dinero. No se pretende que los yonquis vuelvan a campar a sus anchas por el centro, sino que tampoco deseamos el sometimiento a un supuestamente perfecto mundo feliz.

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