Radical

Estoy hasta los huevos de que me llamen radical. No sólo porque la intención del insulto no atiende a la definición de la palabra, sino porque, como esta premisa no se cumple, el insulto embarra en un sinfín de connotaciones a la persona que lo recibe. Y yo no he sido ni soy como, con sutileza en la forma pero con engrudo en el fondo, quieren definirme los que envuelven de connotaciones a la palabra.

Está bien, mi forma de pensar, de relacionarme con los demás y de estar en la sociedad destruye su zona de confort. Está bien y está bien entonces que sea un violento, un ser agresivo que rompe las libertades de los demás. Las libertades de los demás. Aunque quizá se refieren, y no deseen expresarlo por el miedo, a que soy un destructor de tópicos y estereotipos, esos mismos que los enjaulan en su zona de confort, que los humilla y los frustra.

Nunca me he pegado con nadie, siempre he rechazado cualquier enfrentamiento que no sea el verbal. Nunca he robado a nadie. Nunca he insultado a nadie, pero si mi humor ha molestado a alguien, en la mayoría de los casos, he pedido perdón y he rectificado y no he insistido en el drama.

Pago mis impuestos. Voy a currar. Cumplo las leyes y las normas cívicas y de educación, aunque haya leyes y convencionalismos sociales que no me gusten y desee cambiar.

Ni siquiera cruzo los semáforos cuando están en rojo.

Evidentemente no soy un buen tipo. No soy un tío sano, mejor dicho. No corro maratones, no me cuido a pesar de tener una enfermedad degenerativa. Me emborracho habitualmente, fumo tanto como para producir más humo que una fábrica de carbón. Mis fracasos en la amistad, sentimentales o familiares dan para una saga más densa y larga que la de Star Wars. Y durante un tiempo me drogué todo lo que pude. ¿Pero eso qué tiene que ver?

Pues que debe molestar. La paradoja. Un tipo normal, en este caso yo, como los millones de tipos a los que ahora describen como radicales, que es un buen ciudadano, intachable según sus tópicos y estereotipos, referente de la normalidad más anodina, y que de pronto se convierte en un monstruo radical que intenta devastar el imperio de la bondad. Su imperio de la bondad.

Escucho música distinta, voy a conciertos, leo, voy al cine, al teatro, a exposiciones, sigo yendo a la Universidad, asisto a cursos de literatura y de escritura. Estoy al tanto de mi modernidad, cultural y social. Soy verosímil. Y eso molesta. Escandaliza. No es solo la política. ‘Vas a ver a grupos raros’, me tengo que desayunar cada día en el trabajo. Ahí está la connotación. Será porque en sus conciertos de Las Ventas no corre la farla como en cambio sí lo debe hacer y a espuertas en las salas donde tocan mis grupos raros.

No solo es la política. No son solo los más de cinco millones de personas que hemos votado a Podemos. Es la forma en la que has decidido vivir lo que molesta.

Y es que hemos dejado atrás el buenismo bienpensante para dar un paso más: la sociedad del espectáculo y del escándalo, donde lo mejor que puedes hacer es currar catorce horas al día y llegar a casa y tirarte en el sofá y ver Gran Hermano. La sociedad del escándalo y del espectáculo. ¿Qué pensarán todos aquellos padres de esta sociedad sobre que dejes probar la cerveza a tu hijo de diez años? ¿Y qué piensan después de ver al torero acometiendo el acto criminal con su hija entre los brazos?

Estoy hasta los huevos de que me llamen radical. Que me llamen radical como nombran la palabra radical. Yo soy un chico bueno. Un ciudadano bueno, según los tópicos y estereotipos, pero que piensa diferente, en la igualdad y en la justicia en todos los rincones de la vida. Un tipo que piensa diferente y que según la Constitución y la Declaración Universal de los Derechos Humanos (¡joder, que era el 1948, el siglo pasado!) no debe ser marginado ni denostado por ello.

Pero camináis al son de la prensa sensacionalista. Es lo que veis. Es lo que imitáis. Es lo que sois.

Por cierto, definición de Radical: (del lat. <<radix, -ïcis>>, raíz) 1. adj. De [la] raíz. 2. Se aplica a cualquier cosa que obra o se produce de manera completa, sin limitación, atenuaciones o paliativos.

Si es así, entonces sí, soy un radical.

6 comentarios en “Radical

  1. Hola, buenas:

    Me ha encantado tu pequeña disertación sobre esta incongruencia social que padecemos. Desde comenzar el texto tuve ganas de meterme en la pantalla para exclamar: “¡Yo también estoy orgulloso de ser radical! No hay nada malo”. Me alegro de ver que, al final, citas el significado. Específicamente, en latín se refería a algo o a alguien que iba a la raíz de una materia.

    Los medios, fuentes de manipulaciones y desinformación, tergiversan las palabras más correctas e inofensivas para convertirlas en un enemigo fantasma al cual combatir. No en vano, la historia demuestra que el fascismo solamente logra autolegitimarse mediante la dominación, la propaganda y el miedo colectivo.

    Nosotros, como agentes morales, estamos en la obligación de dar un paso adelante ya no sólo en la defensa de nuestros derechos; sino con miras en la justicia para todos. Asimismo, aciertas de pleno al incidir en que debemos concienciar y luchar pacíficamente. La violencia genera violencia.

    Si te sirve de consuelo, te garantizo que posiblemente a mí me hayan dirigido tal vocablo con una intención denigratoria en un número superior al tuyo. Yo soy activista por los Derechos Animales y la única manera que encuentra la mayor parte de la gente para defender sus prejuicios es llamarnos radicales mediante el uso de la falacia argumentativa de que la virtud reside en el término medio.

    En fin… podría hartarme a hablar largo y tendido acerca de política y derecho. Me gustaría muchísimo que le dieses una oportunidad a este artículo que escribí como introducción a los Derechos Animales. Desde luego, no te dejará indiferente:

    http://elguardiandeloscristales.com/wordpress/el-principio-de-igualdad-para-otros-animales

    Un saludo cordial.

      1. Hola, Estanco (¿prefieres otro nombre?):

        Agradezco muchísimo que te muestres tan abierto. Para el progreso social se requieren personas con pensamiento crítico y abiertas al diálogo. Tanto la lucha por los derechos sociales como el respeto por el valor intrínseco de los demás animales responde a la aplicación inherente del principio ético de igualdad.

        Hace tan sólo un año no habría imaginado los enormes cambios que haría en mi vida al conocer los aspectos más profundos de la explotación animal [animales no humanos]. Gracias a los textos de varios activistas (los cuales son ahora buenos amigos míos) conocí el principio ético del veganismo y me propuse estudiar por mi cuenta las bases de los Derechos Animales postuladas por el catedrático Gary Francione. Entre sus obras, una referencia fundamental es el libro “Lluvia sin truenos”.

        Si te interesa, échale un ojo a este enlace de información general elaborada por mi compañero Luis Tovar y no dudes en contactar conmigo por el medio que te apetezca.

        http://filosofiavegana.blogspot.com.es/p/preguntas-frecuentes_407.html

        Un saludo cordial.

    1. Estoy completamente de acuerdo con tu exposición. Me ha encantado el artículo que has pegado. Comparto tu opinión al poner al mismo nivel, se ve muy bien en los dibujos, a todas las especies del planeta.

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